Frankfurt barroco

Cuando los romanos fundaron Barcino (antiguo nombre de la actual Barcelona) trazaron dos líneas perpendiculares:  una de norte a sur,  y otra de este a oeste.  Esta última línea hoy corresponde parcialmente a la calle Llibretería,  que parte de la Plaza Sant Jaume y termina en la Plaza del Ángel. 

Pues yo caminaba hoy por ahí,  y mi cabeza tuvo que girar cuando escuché el guateque de cumbias en alto volumen que emanaba del número 10.  Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que dentro del local (que tenía toda la pinta de bar) había unos individuos a punto de comerse unos enormes frankfurts (amer. hot-dogs) cubiertos de una densa capa de aguacate, mayonesa y tomate (mex. jitomate).   Oh,  cómo me recordó mis tiempos de la preparatoria,  cuando íbamos después de clases a comernos unos “jochos con 3 quesos y tocino” frente a la puerta del Colegio Americano.

Curiosamente, esto aparece como Frankfurt "Italiano" en el menú

Mientras que para el español promedio esto es una marranada,  para mi fue inevitable entrar y pedir una exquisitez de estas dimensiones.  Luego,  para coronar el cuadro,  me ofrecieron ketchup (mex. catsup) y mostaza. Y cuando ya no podía ser mejor,  (obviamente) pedí picante y me dieron una salsa “pico de gallo” en toda regla.  ¿Puede un mexicano en Barcelona ser más feliz un viernes al mediodía?

En realidad el local es chileno.  Es el “Bar Hugo” (www.hugobcn.com),  y además de las rigurosas bebidas que nunca faltan en cualquier bar,  sirven también preparados alcohólicos sudamericanos,  como el Pisco sour.

Conforme pasan los años, y lejos de mi ciudad natal,  constato el nivel de complejidad de las costumbres mexicanas a la hora del comer.  No hablaré ya ni siquiera del mole (epítome de la gastronomía mexicana) y sus ingredientes,  sino del gusto cotidiano y popular.  (Yo sigo poniendo mi botella de habanero en la mesa a la hora de la comida aunque no la utilice.)

Tradicionalmente para un mexicano, los platillos diarios han de incluir muchos componentes,  de lo contrario son automáticamente considerados “pobres”.  En México solemos comer algo llamado “torta”,  que viene a ser el equivalente a un “bocadillo” en España.  Pero la gran diferencia siempre estará en el número de ingredientes.  Mientras que en Francia la “baguette amb jambón” sólo tiene pan+jamón,  y en España el “bocadillo de jamón” solamente implica pan+ jamón+aceite de oliva (tal vez con algo de tomate untado),  en México una “torta de jamón” es toda una sinfonía que puede contener jamón, queso(s), mayonesa, aguacate, lechuga, cebolla y el omnipresente chile.  (Además de ketchup/catsup y mostaza en algunas versiones,  y en otras,  frijoles refritos;  aunque no faltan los valientes que mezclan).

Torta de jamón (nótese cómo los ingredientes se desbordan hacia el exterior del pan blanco)

Mucho he aprendido sobre las bondades de la dieta mediterránea durante estos años.  A fuerza de enfrentarme diariamente a su sencillez,  mi paladar ha aprendido a distinguir entre diferentes aceites de oliva, a disfrutar de la simplicidad de un buen pa-amb-tomàquet (pan con tomate) y a comentar las virtudes de diferentes vinos.  La base de todo está en el trigo, las olivas, la uva, el cerdo y ciertos lácteos.  Pero se mezclan poco entre sí, sólo lo necesario.   Especias: pocas.  Frituras: muchas.

Pero hoy, el Bar Hugo, con esos frankfurts tan rebosantes, y tal vez de un modo muy prosáico, ha sido para mi un recordatorio de que hay otra estética culinaria y gustativa:  la del barroquismo. Y hasta donde tengo entendido,  esto no sólo sucede en Latinoamérica.  Asia también nos acompaña en ello.

Es inevitable piensar que nuestro modo de comer va ligado a nuestro modo de ser.

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Gaudisneyland

Wow, dude,  isn´t this just like Disneyland?”,  escuché cómo decía el turista a la entrada del Parque Güell,  mientras desenfundaba la cámara para hacer una foto de la entrada monumental. 

Estoy seguro de que el acceso a un parque tan colorido,  tan orgánico y tan abarrotado remite inmediatamente a muchos extranjeros al “lugar más feliz sobre la tierra“.  Muy pocos son los que se imaginan que este parque urbano estaba originalmente destinado a ser una urbanización para 60 familias adineradas allá  por el año 1900.  Y son muchos menos los que saben que Antoni Gaudí planteó este lugar como un espacio espiritual,  lleno de símbolos ocultos.  (Hay advocaciones a la Virgen María ocultas en la banca de la terraza,  hay un camino con enormes esferas de piedra en referencia a las del rosario,  hay una salamandra alquímica,  hay un montículo pétreo de origen balear con tres cruces poco ortodoxas…).

Mientras Disneyland es un cúmulo grandote de simulaciones para diversión de los visitantes,  Park Güell (con “k”,  a la usanza inglesa) es un espacio genuino donde la arquitectura se funde con la naturaleza de manera grandiosa.

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Rótulos 2

En pleno corazón del Raval encontré hace tiempo este lugar que parece tener muchos años,  pero cuya imagen gráfica es muy fresca.  Me parece una abstracción muy bien lograda,  aunque el resultado me parezca un poco angustiante…

Hostal Gat Xino, Raval. c/Hospital 155

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Rótulos 1

Scrabble.   ¿Alguien habrá hecho un estudio sobre la influencia de este juego de mesa en la gráfica comercial contemporánea?  Lexington Café.  Aribau 138.  Eixample.

Ajedrez.   Bajando un poco por la misma calle y en la misma tónica sobre los juegos de mesa, encontramos caballos de ajedrez (¡que además son luminarias!) sobre el gran rótulo de la Peluquería Vivancos.  Aribau 92.  Eixample.

Fosforitos.  No sé qué es más llamativo:  los “post-its gigantes” que decoran la fachada (más que informar sobre los productos) o el nombre del local que delata la procedencia de su dueño.   c/Sant Antoni Abad 33,  Raval.  

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A manera de introducción

Camino y observo.  Si además tengo una cámara a la mano,  tendré la obsesión de capturar y coleccionar.   Este espacio es para compartir las imágenes que voy comiéndome con los ojos allá donde voy.  Al fin y al cabo, vivo en una ciudad escaparate donde todo está hecho para mirar.

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